NOTICIAS
 
July 25, 2001

How Brazil Lights Fire in a Glass
By R. W. APPLE Jr.

The promised land for the newly minted North American cachaça-lover, I suppose, is a bar called the Academia da Cachaça in Leblon, the bustling waterfront neighborhood just beyond Ipanema. Its museum houses 2,000 cachaças, distilled over the years since 1870. Its menu is loaded with thirst-inducing snacks like bolinhos, which are fried meatballs or cheese balls, and on Fridays, Saturdays and Sundays it serves a worthy version of feijoada, the hearty pork and black-bean stew that many Brazilians eat each weekend.

The problem with feijoada is that it can leave you feeling as if you have an anvil in your belly. The remedy is a caipirinha or two, and not surprisingly, the academy makes some of the very best. About 50 kinds of cachaça are available for tasting at the academy, a few of them aged in wood; as cachaça develops its own corps of connoisseurs, producers are borrowing techniques from France and Italy. Michael Jackson, the British expert on beer and spirits, ran through 10 cachaças a few years ago and reported in the pages of The Independent, the London newspaper, that he was impressed with what he tasted.
"I greatly enjoyed the resiny character of one called Havana, the peppery flavors of Nega Fulo, the hints of vanilla and chocolate in Germana and the toffee and mint of Senador," Mr. Jackson wrote enthusiastically.

I guess that makes me a philistine. I can do without spice or candy flavors in my cachaça. For me the whole point is something that has the woody taste that blends so felicitously with the clean sharp snap of fresh limes.



 

 


Cómo Brasil se prende fuego en una copa
Por R. W. Apple Jr.

En mi opinión, para un norteamericano que acaba de adherir al club de los amantes del aguardiente, la tierra prometida se ubica en un bar llamado Academia da Cachaça, en Leblon, un dinámico barrio próximo a la playa, cerca de Ipanema. El museo de la Academia da Cachaça tiene más de 2.000 botellas de aguardiente, destiladas desde el año de 1870. El menú es compuesto de una serie de platos y bocadillos exquisitos, como los buñuelos (de carne o de queso) y los viernes, sábados y domingos, la notable versión de feijoada (un sustancioso y delicioso guiso de porotos negros y carne de cerdo) que sirven en el bar y que muchos brasileños comen, en los fines de semana.

El problema es que la feijoada puede hacer con que uno se sienta con el estómago medio pesado. La solución es tomarse una o dos caipirinhas. Por ese motivo, no es de asombrar que la Academia sepa preparar algunas de las mejores del género.

En la Academia hay alrededor de cincuenta tipos distintos de aguardiente a degustar, algunas envejecidas en toneles de madera. Como la cachaça desarrolla su propio grupo de connaisseurs, los productores han empezado a importar técnicas de Francia e Italia. Hace algunos años, Michael Jackson, especialista británico en cervezas y bebidas alcohólicas, examinó diez cualidades distintas de cachaça y relató en las páginas del periódico londinense The Independent que estaba impresionado con la calidad de los productos que había probado.

“Me gustó muchísimo el estilo resinoso de una [caña] llamada Havana, el sabor picante de Nêga Fulô, el fondo de vainilla y chocolate de Germana y el sabor a toffee y menta de Senador”, escribió el Señor Jackson, entusiasmado.

Creo que eso todo me hace un filisteo. En mi cachaça, puedo dejar de lado los sabores condimentados o dulzones. Para mí, lo principal es algo que tenga un fondo de madera, que combine con sabiduría y felicidad con el sabor puro y destacado de las frutas cítricas.